Cuando resistimos sentir: las defensas que aprendimos y el valor de acompañarnos

A veces, sin darnos cuenta, nos protegemos. Creamos pequeñas armaduras emocionales que nos ayudan a lidiar con lo que percibimos como amenaza. Estas resistencias —tan sutiles, tan automáticas— se formaron en nosotros desde muy temprano. Observamos cómo nuestros cuidadores manejaban (o evitaban) sus emociones, y a partir de allí aprendimos: esto se siente, esto no; esto se muestra, esto se esconde; esto se enfrenta, esto se esquiva.
El apego no solo nos enseñó a amar. También nos enseñó cómo sentir, cómo reaccionar ante la incomodidad, el dolor o la incertidumbre. Si quienes nos cuidaron tendían a desbordarse, desconectarse o evitar lo que les dolía, es posible que ahora —ya adultos— nos cueste quedarnos en lo que sentimos. Que nos resulte difícil, incluso amenazante, estar con lo que duele.
Cuando las defensas aparecen sin que las llamemos
En la vida diaria y en el consultorio, observo cómo las resistencias se manifiestan de mil maneras. No porque no queramos estar mejor, sino porque cambiar implica dejar atrás lo conocido, incluso si lo conocido es incómodo. Nuestras defensas tienen esa función: mantenernos a salvo de algo que alguna vez se sintió demasiado grande.
Por eso, ir a terapia suele ser uno de los movimientos más postergados. Mirar la propia sombra no es sencillo, especialmente si crecimos en ambientes donde el error se castigaba, o la vulnerabilidad no encontraba sostén.
Las resistencias más comunes en terapia no suelen ser conscientes. A veces llegan en forma de:
“No sé por qué estoy aquí”.
“Vine porque mi pareja me obligó”.
“Quiero que me diga qué tengo mal”.
Llegar tarde, faltar sin avisar, o tener dificultades para sostener acuerdos.
Reacciones intensas cuando se establecen límites.
Mi profesor, Manuel Hernández, lo resume de manera simple y profunda:“Muchas veces lo que no queremos es sentir un sentimiento en particular.”Y nuestras defensas se encargan de evitarlo. Pero aunque nos protegen, también nos alejan del cambio que anhelamos. Él me dijo una vez algo que no olvidé:“No le temas a lo que pueda salir… tenéle miedo a lo que se quede adentro guardado.”
La contradicción que todos vivimos
Buscamos ayuda porque no queremos seguir sintiéndonos así… pero al mismo tiempo tememos entrar en contacto con lo que duele. Esa contradicción es profundamente humana.
La verdad es que no existe transformación sin incomodidad.Pero la incomodidad no tiene por qué vivirse en soledad.
Y sin embargo, solemos apurarnos, presionarnos, compararnos. Queremos “superar” lo que sentimos lo antes posible. Nos olvidamos de algo fundamental: aunque el tema sea el mismo, cada historia es única, y por lo tanto, cada proceso también.
Ser compasivos con nosotros mismos no es un adorno: es parte de la sanación.
Una escena personal: aprender acompañando
Mi hijo comenzó hace poco clases de karate. Y como todo aprendizaje nuevo, requiere tiempo, práctica, tolerancia a la frustración y mucha paciencia. A veces, cuando algo no le sale, lo escucho decirse: “no sirvo para esto”. Me pregunto si esa voz crítica es una defensa aprendida, una forma de evitar sentirse fracasado o decepcionado.
Para acompañarlo, decidí llevarlo a mis clases de kickboxing. Quería que me viera fallar, descoordinarme, esforzarme. Quería mostrarle que equivocarse es parte del camino. Que crecer, aprender y sentir también puede ser incómodo… pero que cuando lo hacemos acompañados, se vuelve más liviano.
Una invitación para vos
Quizás vos también hayas sentido esa incomodidad al querer cambiar. Esa voz interna que te frena. Esa urgencia de avanzar rápido. Ese impulso de evitar lo que duele.
Si es así, estás lejos de estar solo.
Te propongo pausar por un momento y preguntarte:
¿Qué resistencias aparecen en vos cuando estás a punto de hacer algo diferente?
¿Qué emociones te cuesta más permitirte sentir?
¿Qué aprendiste de tus cuidadores sobre el dolor, la frustración o la vulnerabilidad?
¿Cómo te tratás cuando fallás? ¿Podrías tratarte con más compasión?
¿Quiénes te acompañan en los momentos difíciles? ¿Permitís ser acompañado?
No necesitamos tener todas las respuestas hoy.Hacernos estas preguntas ya es, en sí mismo, un acto de cambio.


¿Querés empezar tu proceso terapéutico?

A veces, dar el primer paso cuesta... pero no tenés que hacerlo sola.
Estoy aquí para acompañarte con respeto, escucha y sin juicios.
Si ya estás lista, agendá tu primera sesión y empecemos este camino juntas.